Mientras observaba, noté lo naranja que se veía mi cuarto. Ese naranja que entraba por mi ventana, reflejándose en el amarillo de mis paredes, y el cansancio hizo que me diera mucho sueño, demasiado, así que decidí dormir un rato. Solo media hora porque estaba esperando.
Puse un temporizador en mi teléfono y tomé el cárdigan de Hobi que siempre está sobre mi silla para taparme con él. Es grande, así que solo me hice bolita en mi cama y me cubrí toda: mis piernas, mis brazos y parte de mi rostro, para no recibir tanta luz.
Era un día naranja y fresco, pero, acostada ahí intentando dormir y mientras los recuerdos de mi día daban vueltas en mi mente, comencé a sentir calor. Un calor que no me abrumaba ni me molestaba. Era un calor que me gustaba; sentía que venía desde dentro de mí y se expandía por todo mi ser, me cubría, dejándome una agradable sensación de calidez. Estaba en esa etapa de conciencia y sueño donde los párpados se sienten muy pesados, pero ese color naranja seguía reflejándose en todo mi cuarto y solo pude pensar que era un buen escenario para esa sensación que tenía. Porque me estaba sintiendo así, naranja.Cerré mis ojos por completo y solo me dejé llevar por esa calidez y el cansancio que tenía.
Desperté cuando el temporizador comenzó a sonar. Desperté acalorada, un poco sudada y con una sensación incómoda. Mi cuarto ya no era naranja, pero no importaba porque, al mirar mi teléfono, vi que lo que estaba esperando había llegado y eso me hizo feliz, así que solo ignoré esa sensación que se asentó en mi pecho.
Cuando los días son tan naranjas como ese, el recuerdo de esa siesta viene a mí y el anhelo de esa sensación, de esa siesta. He intentado recrear esa sensación, pero me es imposible. Ya no tomo siestas, por muy cansada que me sienta.
En esos días naranjas me pregunto si esa sensación que tuve fue por ese día en específico, ya que un día naranja y fresco es muy extraño, o si fue por la época y en cómo vivía, por lo que esperaba. Tal vez fue por ambos.

